En este blog convergen pensamientos, reflexiones y experiencias en diferentes ámbitos educativos, que derivan de la actividad docente, en articulación con la teoría y el mundo de los textos. El trabajo de campo implica revisar permanentemente la práctica docente/profesional como lugar de reflexión y construcción del conocimiento. Aquí, vamos...
jueves, 24 de agosto de 2017
Profe, no tenemos ganas porque…
Escena 1.
Sobrevivir a la realidad del aula.
- Sofía, hoy que traigo un actividad que me venís pìdiendo hace tiempo y que te encantó hacer, me decís que no tenés ganas.
- Lo que pasa es que no me siento bien profe hoy. Me peleé con mi papá ayer porque trató mal a mi mamá y me fui con mi hermano sola a casa.
- Bueno Sofi, los padres a veces se pelean y está bien que te hayas ido con tu hermano mayor a tu casa.
- Es que mi papá se enojó porque mi tío, el hermano de mamá que está preso porque mató a mi otro tío, va a salir de la cárcel y dijo que va a venir a matarlo a mi abuelo que lo denunció. Por eso profe, hay mucho lío en casa y no tengo ganas de escribir un cuento.
La profesora se preguntó qué es un cuento, ahora más que nunca.
Escena 2.
Desesperanzas.
Proyecto educativo de 3 C: Producción audiovisual teniendo en cuenta las diferentes temáticas sobre los jóvenes de hoy.
Violencia de género.
Violencia en la sociedad.
Bullying
Maltrato animal.
Identidad de género.
La mujer en la historia.
- ¿Para qué hacemos esto profe?¿Para qué nos sirve?
- Tal vez porque cada video que están presentando lleven conciencia a otros espacios sobre la realidad que vivimos. Podemos mostrar sus trabajos en la escuela, y es posible que logremos recorrer otras escuelas donde se están trabajando estas temáticas. Ayudaría a otros a saber más sobre los temas que estamos viendo y analizando ( todo esto lo pude decir en 20 minutos, y no de corrido)
- Pero el mundo no va a cambiar porque nosotros llevemos estos videitos a otros lados.
- ¿Y como puede cambiar un poco el mundo, Julián? NO digamos todo el mundo, porque suena demasiado ambicioso.
- NO va a cambiar porque la sociedad es una mierda- dice Lautaro que nunca habla.
- ¿Y por qué es una mierda?
- Porque siguen matando mujeres y esta información ya la sabemos todos, la información de los videitos ya la sabemos y siguen las muertes- grita JOsua y se saca la gorra que no se quita nunca.
- ¿Y ustedes saben cómo vivían las mujeres hace 200, 300 o 500 año? ¿Cuáles eran sus derechos, como las mataban, etc?
- Igual que ahora- dice Luis sentado en el fondo, mientras escucha música con sus auriculares, como todas las clases desde que empezó el año.
- Entonces deberían estudiar un poco más Historia- sugiero.
- Lo que pasa profe, es que los varones piensan que se las saben todas y siempre se aburren de todo. Y si hacemos algo creativo y mostramos algo diferente a lo que se ve en todos lados, por ahí estaría bueno, no?- afirma Mica que está apasionada con el tema de "mujeres en las cárceles".
Y JUlián, y Josua y Luis y Lautaro, no hicieron más que narrar el mundo que ven, sin poder visualizar un proyecto de vida.
Un docente muchas veces, no conoce las realidades de todos sus alumnos. Yo tampoco, son muchos en la semana. Pero entiendo un poco más a partir de hoy.
No creen ser capaces de cambiar el mundo, ni siquiera como la utopía de algunos de nuestros héroes de la Patria. Ni siquiera como los héroes de todos los días en la vida social argentina. Me pregunto por qué no lo creen, qué hacemos como sociedad para reivindicar a los jóvenes desesperanzados de nuestro hermoso país.
NO se creen hacedores de un mundo mejor y me angustia porque los quiero y porque sé, tengo la certeza de que sí pueden. Pero, ¿qué hago hoy, yo, Analía, profe de Comunicación y Construcción ciudadana para verlos un poco más felices?
Analía Rodríguez Borrego
domingo, 13 de agosto de 2017
Votar en las escuelas: destino utópico.
Acompaño a Marco a votar a la Escuela Secundaria Nº 21 de LA PLAta, pleno Barrio Norte de la ciudad, corazón del Norte más Norte: casas de dos plantas, jardines parquizados, autos importados. Edificios de estructura minimalista, modernos, blancos, hall de ingreso, cuadros y sillones. En calle 36 ente 2 y 3, está la Escuela Secundaria de adultos Nº21, sí, está en pleno barrio Norte, en condiciones paupérrimas. El estilo carcelario de su construcción, el deterioro de las paredes, el azul y blanco de la pintura: mitad de la pared azul, mitad blanca; ventanas con rejas azules, azul marino, oscuro, muy oscuro, me hacen pensar lo que los alumnos y profesores deben sentir cada día al ingresar a cursar sus estudios. Da miedo.
POr un momento creí estar en la cárcel de Olmos y me pregunté, mientras esperaba en la cola para votar, cuántos años hace que en este país las gestiones pasan y pasan sin destinar (no digo presupuesto) exhaustiva dedicación a la reconstrucción de las escuelas argentinas. Me dieron ganas de no votar. Sentí vergüenza de ser docente y, a la vez, compasión por la comunidad de esa, y de muchas escuelas en las mismas condiciones. Nada de presupuesto para reconstruirlas, desde hace años. Menos control aún, en el caso de que algún gobierno haya destinado dinero para ellas.
¿A dónde van los niños y jóvenes a estudiar?¿A dónde estamos trabajando los profesores y maestros?¿De qué dignidad hablan los políticos, administradores de nuestro dinero?
NO me alcanza decir que yo pago mis impuestos, hay una población que no puede pagarlos y para ello trabaja una Nación, para sustentar de manera digna las faltas y carencias de una sociedad en crisis. Sigo pensando...años y años sin mantenimiento en las escuelas. Un mantenimiento que hoy, 2017, se ha transformado en re-construcción, porque mantener no es suficiente debido al estado en el que están.
TRabajo en la escuela Nº 5 de Tolosa. Peor aún el estado en el que está. El 3ro con el que dicto la materia Construcción Ciudadana, está preparando un Proyecto Educativo para mejorar la escuela, "su"escuela. "Nos da vergüenza profe, está todo mal acá", me dicen. Van a hacer una jornada para recaudar fondos y comprar: picaporte para la puerta del aula; reparar las pérdidas de agua de los baños; comprar papel higiénico; arreglar las puertas del baño de las mujeres porque no cierran; pintar las paredes. Vergüenza me da a mí, pienso, que los alumnos se estén encargando de mejorar el lugar donde estudian y en el que viven cinco horas diarias.
La palabra vergüenza genera una especie de carraspera. Incomoda, me obliga a bajar la vista.
Voto, claro, pero en otra escuela, la Thomas Espora, a tres cuadras de la 21. Ingreso por la puerta que da a la PLaza Alsina y se siente el calorcito. Todo brilla, las paredes limpias, decoradas con carteles de los alumnos de la primaria. Me asomo a un aula mientras espero ingresar al cuarto oscuro: enorme, con un pizarrón de pared a pared perfectamente pintado, bancos nuevos, paredes impecables. Calentito, todos los ambientes están calentitos. Que lindo estar acá, pienso. Que suerte tienen los que trabajan y estudian en ésta.
NO me alcanza. Pienso en las otras, porque son la mayoría. Acá sí me dan ganas de votar. Pero pienso en las otras, en sus profes y en sus alumnos con frío, sin picaportes y sin puertas en los baños.
Voto.
Salgo del cuarto oscuro.
Bajo las escaleras de la escuela.
Llego a casa y también está calentito. En mi casa todo funciona.
Analía Rodríguez BOrrego
martes, 1 de agosto de 2017
Respirar profundo y seguir dudando.
“Estoy aburrida profe”, me dice Nadia mientras me mira por encima de la lapicera Bic azul que se lleva a la boca. ¿Terminaste las tres preguntas Nadia?, le digo sorprendida de una velocidad que sospecho imposible. Respiro profundo y pienso qué mecanismo utiliza ella, con sus trece años, para sentirse aburrida con el desarrollo de un trabajo que no le lleva más de tres renglones de escritura.
- ¿Le pasa algo profe?- me dice con voz preocupada ante mi silencio en plena respiración yóguica.
- No Nadia, no me pasa nada. La primera pregunta te pide que expliques la respuesta que hayas respondido, ¿la explicaste?.
- ¿Cómo explicar? No entiendo profe.
- Si respondiste que para patinar es necesario ponerse un par de patines, explicarlo quiere decir que tenés que contar cómo se ejecuta ese patinar con el cuerpo.
- ¿Y cómo lo explico? No entiendo.
- Lo contás Nadia, como si contaras un cuento, paso por paso qué partes del cuerpo se mueven, cómo te inclinás para no caerte, qué ves mientras patinas, de qué color son las paredes del club cuando tomás velocidad. Como si contaras un cuento…
- ¡Ah! Como un cuento sí, ya sé como es entonces.
Nadia no duda cuando le pido que escriba con la escritura y la lógica de un cuento. No comprende (cree que no comprende) el término “explicar” porque tal vez no sepa ni haya realizado nunca el ejercicio de explicar una práctica como un deporte. Tal vez, pienso, lo ha hecho de un texto conceptual o teórico. Pero ¿cómo explicar lo que sucede cuando hacemos algo que tenemos naturalizado y que es parte de nuestro mundo invisible? Ella no sabía que sabía explicar y, la lógica del cuento tal como la estudian en la escuela, es funcional a la historia como texto sin tejerse, sin búsqueda de sentido, como una serie de signos que se hilvanan en un mecanismo autómata. Aún así, ella sabía esa estructura claramente, solo que no tenía conciencia de que esa estructura podría colaborar a construir otro texto nuevo a partir de su cuerpo, a partir de un mapa que se extiende y teje estrategias de comprensión y nuevos sentidos.
Nadia me enseñó hoy ( a pesar de los gritos que tuve que dar para que me escucharan una mínima explicación que intuía les serviría a todos), que la narración es lenguaje vivo y nos provee de una enorme cantidad de voces que nos habitan y quedan atrapadas en algún lugar de nuestro cuerpo.
Hay escenas en las que es posible que ese lenguaje narrado, emerja y alguien como yo, respire hondo ante un “estoy aburrida/o” de un alumno, para sumergirme en mi propio mar de dudas.
De la escuela, del aula, nunca se sale con demasiadas certezas.
Analía Rodríguez Borrego
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