“La humildad nos ayuda a reconocer esta sentencia obvia: nadie lo sabe todo, nadie lo ignora todo”. El grito manso, Freire Paulo.
El registro de la voz suave y serena de mi abuela, al costado de la cama, inventando historias que sabíamos podían transformarse en realidad, es el vivo reflejo de un mundo que se mezclaba con la calle, lleno de colores que hablaban del hombre de la plaza, que por las noches se transformaba en hombre lobo mientras que por la mañana, era el placero de larga barba blanca. Esa voz a mi oído, tomándome la mano, me conectaba con el afuera cada noche antes de ir a dormir. A través de ella, podía ver el monumento de la plaza Mitre, encastrada en medio del barrio, atravesada por un sinfín de historias secretas que serían descubiertas por mí más adelante, cuando fuera capaz de cruzar la calle sola y hundirme en la tierra de sus juegos.
Por el portón pasaba el universo. La pequeña ventana hacia el espacio exterior hablaba de libertad y cercanía con los otros; esos otros que deambulaban al trabajo, en medio de un calor sofocante que me tenía atornillada al piso de granito frío del garaje de casa, en Santa Rosa.
Ese mundo pertenecía a otros con los que no podía comunicarme; su tiempo no coincidía con el mío, ni siquiera me veían detrás de la ventana intentando saludar con energía descabellada. Yo solo deseaba salir de ese espacio tan cerrado, sin árboles ni tierra, lleno de piso frío y una parra enroscada de un pobre y exhausto alambre en forma de techo. Una parra llena de abejas que protegían celosas la miel de aquel fruto. Logré trepar la escalera y alcanzar un racimo. Mis hermanas miraban silenciosas desde la puerta de la cocina, abajo, temerosas de la audacia inconciente de trepar siendo mujer. Pude asomar la cabeza al otro lado, a la casa del vecino, y respiré el olor a comida guisada. Un olor diferente al de casa, un olor que me hacía picar la nariz con cada inspiración. Me quedé oliendo, respirando el afuera con la complicidad de mis hermanas que, asustadas, no podían delatarme, ellas también habrían experimentado esa escala y los código fraternales no se rompen de niñas, tal vez sí en la adultez.
Crucé la plaza en invierno, sola. Un Mitre gris y rígido me parecía ahora algo más pequeño que antes. También lo trepé, pero esta vez en compañía de los hermanos Perrini, que me observaban como a bicho raro pero continuaban su feroz competencia con la niña que ascendía rápidamente.
Nos fuimos lejos, justo cuando quería llegar a la cabeza de Mitre, a su cabeza calva, resbalosa y desafiante. Atravesamos la frontera y me encontré en la tierra en que los indios aún lloran en las calles su mendicidad injusta. Y los vi cabizbajos, ermitaños, asustados mientras caminaban por un lugar que no les pertenecía. Ya estábamos en Perú, lugar en el que vivimos tres años y en el que transité mis primeros pasos en la escuela. Con la escuela también llegaron las burlas que me mantenían distante y cuidadosa, tan cuidadosa como el resto de ellos, que se protegían de siglos de soledad y destierro. Arequipa formaba parte de la que sería mi historia, ya estaba siendo mi historia, era parte de mí, se me metió en la piel, en la lengua, en los gestos, en las rutinas y en la vida cotidiana. Los rituales me atravesaban a la espera comunitaria del primer temblor del día, entre risas y expectativas: siempre esperábamos el caos, jugábamos a caernos y el globo terráqueo se destrozaba para nosotros en medio de una escena montada para los niños. Vivía con gente que no compartía nuestros gustos, ni nuestra música, ni nuestras comidas argentinas; pero empecé a disfrutar poco a poco del sabor de las hormigas en la lengua al ingerir alimentos muy picantes. Mi lengua, mi lenguaje se transformaba paulatinamente en un espejo que miraba lo desconocido, lo diferente. Yo era ellos.
La escuela me mostraba una historia de colonos ambiciosos y despiadados que a mi país no habían llegado. Años más tarde, ya devuelta a Argentina, la historia de América Latina se transformaría en una urdimbre cultural confusa y contradictoria a la narrada en Perú durante mis primeros años escolares.
Pero los colonos fueron enemigos de la gente de allá y amigos de la gente de acá.¿ Pero los colonos no robaban el oro de los incas señorita?, pregunté en Argentina en quinto grado a la señorita Delia, quien me llevó a dirección por mal educada. Claro, yo me eduqué en el lugar donde los indios siguen llorando por las calles, en los valles, en los pueblos y en las ciudades. Mientras que acá, no los vemos, no conviven con nosotros, no sabemos nada sobre sus ritos, sus creencias, sus poderes, no sabemos nada porque nadie nos cuenta que la historia fue otra. No escuchamos sus voces, no hablamos con ellos, no sabemos qué comen ni cómo viven, si es que viven.
Y regresamos a Argentina después de unos años. El olor a miel de las uvas, a la comida del vecino, el vértigo por subir a la cabeza de Mitre se habían evaporado. El aire no se respiraba. Mi cuerpo me asustaba y la ciudad estaba sumida en la desconfianza. Regresamos en el ’78 y tuve que empezar a quedarme adentro de casa mucho tiempo. Las palabras escritas ahora tomaban la forma de las historias de la abuela. Podía verlas, tan negras y rígidas, enmarcadas en un cuadro perfecto. En aquel momento las imágenes habían desaparecido y solo alguna página perdida trazaba una pintura sombreada y difusa. Entonces me di cuenta que las imágenes podía inventarlas con cada palabra que leyera, con cada frase, con cada párrafo. Así las escenas construían ciudades, paisajes, objetos inanimados, anímales mugrosos y niños desamparados.
Pero la lectura de aquella literatura me parecía lejana y ajena si la comparaba con la realidad que vivía día tras día. A pesar de todo, seguía consumiendo vorazmente las historias y a intentar reproducirlas adaptándolas en una escritura plagiada, en la que otras culturas de la niñez se filtraban en mi memoria. De pronto no era tan grave ser huérfana en la ficción porque ya había visto la orfandad desde otros lugares. Y entonces, esas historias podían ser contadas a partir de una nueva versión del mundo que me habitaba. Las lecturas de ese mundo se bifurcaban unidas por dos culturas que eran parte de mí por elección.
Fui creciendo y armando un tejido de narraciones en el mapa de mi cuerpo y de mi mente. Todo tipo de texturas asomaban a través del lenguaje que pugna por salir. Un nuevo término se adaptaba a mi pensamiento y yacía ahora dentro de mi breve existencia: “leer”, como síntoma y como experiencia del choque de culturas que me habitaban y que aun me habitan en la mujer adulta que soy.
Analía Rodríguez Borrego
En este blog convergen pensamientos, reflexiones y experiencias en diferentes ámbitos educativos, que derivan de la actividad docente, en articulación con la teoría y el mundo de los textos. El trabajo de campo implica revisar permanentemente la práctica docente/profesional como lugar de reflexión y construcción del conocimiento. Aquí, vamos...
domingo, 30 de julio de 2017
miércoles, 26 de julio de 2017
Hablamos de lectura/escritura.
Camino a la construcción lectora.
“(…) no creo que comprendiera las palabras, pero sentí que algo me sucedía. Y no sólo afectaba a mi inteligencia sino a todo mi ser, a mi carne y a mi sangre”. Jorge Luis Borges
En la cita que da inicio a este texto, Borges hablaba de la poesía (“El enigma de la poesía”), recordando a su padre leerle en voz alta. Una experiencia que hacía por momentos incomprensible la totalidad de las palabras, pero cuya significación quedaba grabada en algún lugar del pensamiento, en algún recodo del cuerpo. Así la lectura es una experiencia que abre puertas a un universo desconocido, pero que a la vez nos encuentra siendo en un lugar interno que descubrimos con lentitud en el transcurso del tiempo. Leemos como acto inaugural del mundo que descubrimos. Comenzamos a crearlo y representarlo mediante el lenguaje que armamos como rompecabezas de la existencia, concientes e inconcientemente. Nos sorprende la palabra, la voz, el gesto, la imagen, nos sentimos parte y no parte a la vez, mientras se traducen en infinidad de símbolos y signos, el universo delante nuestro.
Somos y pertenecemos en tanto recuperamos memoria, recordamos y transitamos el desorden en el que andamos. La lectura como experiencia poética, podría manifestarse como acto de creación, en tanto “crear no es otra cosa que traducir los caracteres de ese libro interior y preexistente a un lenguaje exterior que lo exprese” . En ese libro podrían desarmarse y volverse a armar, los recuerdos de vivencias significativas, el traducir del mundo que nos circunda y se transforma en el tiempo y con el tiempo, los entramados de historias que nos permiten pensar y pensarnos de diversas formas. El lenguaje ha ingresado en nosotros y se ha hecho carne como lo hace la poesía con la combinación de signos que desmembran ese mismo lenguaje en construcción. En el leer que Larrosa entiende como traducción, el lenguaje mismo en movimiento dice, “ya es traducción”.
En la experiencia lectora nos encontramos con aquellos mediadores que facilitan la creación de nuevas miradas del mundo. Es allí donde es posible “llevar el texto hacia nosotros” y apropiarnos del mismo, o movernos hacia él y des-apropiarnos, en palabras de Larrosa, para “dejar vulnerable nuestra identidad”. Es allí tal vez, donde se produzca la decepción de la que habla Bárcena Orbe, esa decepción que transita en nosotros como sensación, mientras nos encuentra desestabilizándonos y provocando quiebres en las estructuras del pensamiento. Hay alguien que nos ayuda a pensar, que moviliza nuestra interioridad, que nos muestra el vínculo que establece con el saber. En ese mostrar, nos deja aprender con la libertad de quien busca a partir de la profundización de su conocimiento y del conocimiento del mundo. “Aprender como relación” explica Bárcena Orbe, es dar a conocer ese vínculo entre el maestro y lo que sabe, teniendo en cuenta “que quien enseña, emite pistas, signos, que dan a pensar al aprendiz. Son signos que dan a pensar y que configuran el espacio abierto en el que libremente el aprendiz se mueve y decide por sí mismo lo que hay que aprender” . Entonces, aprender podría decirse que es un re-crear de lo que el maestro ha recibido como memoria de sentido para ser transmitido a otros, para ser dado a conocer y permitir de esta manera reconstruirlo, modificarlo, recrearlo en libertad y como acontecimiento ético, en tanto experiencia que nos hace responsables como habitantes de una ciudad, como ciudadanos que descubrimos las diversas tramas de un acontecimiento, de una situación que otros han vivido, “de un encuentro con otro que no soy yo” .
Así, la enseñanza, la intervención de los mediadores, implica un acercamiento que da tiempo al otro, que permite que dialogue con sí mismo y con el mundo, que acompaña y establece un nuevo vínculo. El tacto educativo que Bárcena Orbe traduce en un decir “acariciando”, en un mostrar sin tiempo que ayuda a descubrir-se, a conocer-se, a explorar-se en conexión con esa otredad que surge de la experiencia de leer y de leer-se en el Otro. Un acto de amor, un acto humanizante, de hospitalidad, de generosidad. Y la lectura que comienza siendo una experiencia llena de misterio en la mirada y en la observación de ese otro que lee, se convierte en la propia forma de existencia que es posible descubrir en la Literatura: una nueva forma de mirar el mundo, de explorar, de pensar, de sentir-nos. La experiencia lectora nos obliga a ir hacia el recuerdo para reconstruir nuestra imagen e identidad, nuestra relación con las palabras, con las cosas, “para investigar sobre los enigmas del amor o del poder, aclarar aspectos de sí mismos que los inquietan” .
La escritura y la lectura forman parte del mismo acto de conocimiento del Otro, de uno mismo y de uno en relación con el todo. M. Petit cita a Proust en un texto en el que habla del trabajo del artista en tanto escritor, en tanto lector que encuentra en la lectura la posibilidad de volar y abrir puertas, en tanto “levantar el velo de miseria y de insignificancia que nos deja indiferentes ante el universo”.
Aprender a observar es aprender a ver, como en el cuento de Eduardo Galeano, en que el niño le pide a su padre, mientras observa la inmensidad del mar, que le ayude a mirar. Ante la inmensidad se corren los velos y es posible quedar decepcionados, descentrados, desestabilizados, con miedo, aterrados de conocer lo nuevo que somos y que vemos en ese Otro que nos refleja. Leer es atravesar ese miedo, “el casos que reina en el prójimo”, y escribir sería entonces un acto de resistencia a ese miedo, “un acto de protesta, hasta de rebelión en contra de ese miedo” .
Por Analía Rodríguez Borrego
“(…) no creo que comprendiera las palabras, pero sentí que algo me sucedía. Y no sólo afectaba a mi inteligencia sino a todo mi ser, a mi carne y a mi sangre”. Jorge Luis Borges
En la cita que da inicio a este texto, Borges hablaba de la poesía (“El enigma de la poesía”), recordando a su padre leerle en voz alta. Una experiencia que hacía por momentos incomprensible la totalidad de las palabras, pero cuya significación quedaba grabada en algún lugar del pensamiento, en algún recodo del cuerpo. Así la lectura es una experiencia que abre puertas a un universo desconocido, pero que a la vez nos encuentra siendo en un lugar interno que descubrimos con lentitud en el transcurso del tiempo. Leemos como acto inaugural del mundo que descubrimos. Comenzamos a crearlo y representarlo mediante el lenguaje que armamos como rompecabezas de la existencia, concientes e inconcientemente. Nos sorprende la palabra, la voz, el gesto, la imagen, nos sentimos parte y no parte a la vez, mientras se traducen en infinidad de símbolos y signos, el universo delante nuestro.
Somos y pertenecemos en tanto recuperamos memoria, recordamos y transitamos el desorden en el que andamos. La lectura como experiencia poética, podría manifestarse como acto de creación, en tanto “crear no es otra cosa que traducir los caracteres de ese libro interior y preexistente a un lenguaje exterior que lo exprese” . En ese libro podrían desarmarse y volverse a armar, los recuerdos de vivencias significativas, el traducir del mundo que nos circunda y se transforma en el tiempo y con el tiempo, los entramados de historias que nos permiten pensar y pensarnos de diversas formas. El lenguaje ha ingresado en nosotros y se ha hecho carne como lo hace la poesía con la combinación de signos que desmembran ese mismo lenguaje en construcción. En el leer que Larrosa entiende como traducción, el lenguaje mismo en movimiento dice, “ya es traducción”.
En la experiencia lectora nos encontramos con aquellos mediadores que facilitan la creación de nuevas miradas del mundo. Es allí donde es posible “llevar el texto hacia nosotros” y apropiarnos del mismo, o movernos hacia él y des-apropiarnos, en palabras de Larrosa, para “dejar vulnerable nuestra identidad”. Es allí tal vez, donde se produzca la decepción de la que habla Bárcena Orbe, esa decepción que transita en nosotros como sensación, mientras nos encuentra desestabilizándonos y provocando quiebres en las estructuras del pensamiento. Hay alguien que nos ayuda a pensar, que moviliza nuestra interioridad, que nos muestra el vínculo que establece con el saber. En ese mostrar, nos deja aprender con la libertad de quien busca a partir de la profundización de su conocimiento y del conocimiento del mundo. “Aprender como relación” explica Bárcena Orbe, es dar a conocer ese vínculo entre el maestro y lo que sabe, teniendo en cuenta “que quien enseña, emite pistas, signos, que dan a pensar al aprendiz. Son signos que dan a pensar y que configuran el espacio abierto en el que libremente el aprendiz se mueve y decide por sí mismo lo que hay que aprender” . Entonces, aprender podría decirse que es un re-crear de lo que el maestro ha recibido como memoria de sentido para ser transmitido a otros, para ser dado a conocer y permitir de esta manera reconstruirlo, modificarlo, recrearlo en libertad y como acontecimiento ético, en tanto experiencia que nos hace responsables como habitantes de una ciudad, como ciudadanos que descubrimos las diversas tramas de un acontecimiento, de una situación que otros han vivido, “de un encuentro con otro que no soy yo” .
Así, la enseñanza, la intervención de los mediadores, implica un acercamiento que da tiempo al otro, que permite que dialogue con sí mismo y con el mundo, que acompaña y establece un nuevo vínculo. El tacto educativo que Bárcena Orbe traduce en un decir “acariciando”, en un mostrar sin tiempo que ayuda a descubrir-se, a conocer-se, a explorar-se en conexión con esa otredad que surge de la experiencia de leer y de leer-se en el Otro. Un acto de amor, un acto humanizante, de hospitalidad, de generosidad. Y la lectura que comienza siendo una experiencia llena de misterio en la mirada y en la observación de ese otro que lee, se convierte en la propia forma de existencia que es posible descubrir en la Literatura: una nueva forma de mirar el mundo, de explorar, de pensar, de sentir-nos. La experiencia lectora nos obliga a ir hacia el recuerdo para reconstruir nuestra imagen e identidad, nuestra relación con las palabras, con las cosas, “para investigar sobre los enigmas del amor o del poder, aclarar aspectos de sí mismos que los inquietan” .
La escritura y la lectura forman parte del mismo acto de conocimiento del Otro, de uno mismo y de uno en relación con el todo. M. Petit cita a Proust en un texto en el que habla del trabajo del artista en tanto escritor, en tanto lector que encuentra en la lectura la posibilidad de volar y abrir puertas, en tanto “levantar el velo de miseria y de insignificancia que nos deja indiferentes ante el universo”.
Aprender a observar es aprender a ver, como en el cuento de Eduardo Galeano, en que el niño le pide a su padre, mientras observa la inmensidad del mar, que le ayude a mirar. Ante la inmensidad se corren los velos y es posible quedar decepcionados, descentrados, desestabilizados, con miedo, aterrados de conocer lo nuevo que somos y que vemos en ese Otro que nos refleja. Leer es atravesar ese miedo, “el casos que reina en el prójimo”, y escribir sería entonces un acto de resistencia a ese miedo, “un acto de protesta, hasta de rebelión en contra de ese miedo” .
Por Analía Rodríguez Borrego
martes, 25 de julio de 2017
Un Proyecto Educativo: breve, dos veces ..
Elaborar un Proyecto Educativo en Educación Secundaria, suele ser un arduo trabajo que desde hace años vengo realizando como Profe. Sin embargo este año, por razones de la mente que desconozco (no logro comprender los procesos de la psiquis, mía claro), elaboré cada uno de los Proyectos aprendiendo a "escuchar" la voz de mis alumnos.
Me tomé el trabajo de escucharlos sin interrupción clase a clase, permitiendo que se expresen y solo guiando sus reflexiones en pro de los contenidos iniciales. Descubrí que los Proyectos fueron surgieron de esa escucha constante y atenta, mientras respiraba profundo para sentir (con el corazón y la mente)sus voces. Comparto un brevísimo proyecto que emergió de un año de secundaria y espero les sirva:
Proyecto pedagógico: ejecución.
Lectura y Escritura como prácticas sociales/culturales.
• Charlas de escritores platenses en el aula: la intervención de escritores de la ciudad de La Plata, cuyos textos han sido leídos y trabajados en el aula, es fundamental para comprender la actividad lectora y de escritura como prácticas culturales en toda sociedad que se interesa por fomentar desde la educación, tanto formal como no-formal, es espíritu crítico y autónomo de todo ciudadano de bien. Esta interacción de los escritores Graciela Falbo y Roberto Moscoloni con los alumnos, serán parte del Proyecto que se llevará a cabo con 1ro B, cuyo interés por las rondas de lectura dentro del aula han sido de gran importancia en el desarrollo de la materia.
• Desarrollo de preguntas de los alumnos a los escritores invitados: teniendo en cuenta los trabajos realizados de lectura y escritura dentro del aula durante el año, los alumnos podrán elaborar preguntas vinculadas al oficio de escritor y sus implicancias en el mundo actual. Las ficciones que los jóvenes leen en la cultura de hoy, están atravesadas por infinidad de significados que ellos construyen a partir de la puesta en común en el aula y fuera de ella. La realidad que los circunda, forma parte de esa construcción simbólica que sirve de materia prima para crear sus propias ficciones. La escritura de sus textos de ficción como formas narrativas y la práctica de estas escrituras, hace posible que puedan elaborar sus preguntas a los escritores desde un lugar de experiencia personal en diálogo con el otro.
• Ciclo de debate en el aula sobre el oficio del escritor. Abrir el debate sobre el oficio de escritor, implica compromiso con el hacer en una sociedad que se interesa por participar en las actividades culturales, más allá de lo partidario. El escritor es un ser político que reconoce una realidad social y en su narrativa (ficción o no-ficción) manifiesta parte de esa realidad en vínculo directo con los deseos y sus simbologías.
Por Analía Rodriguez BOrrego
Me tomé el trabajo de escucharlos sin interrupción clase a clase, permitiendo que se expresen y solo guiando sus reflexiones en pro de los contenidos iniciales. Descubrí que los Proyectos fueron surgieron de esa escucha constante y atenta, mientras respiraba profundo para sentir (con el corazón y la mente)sus voces. Comparto un brevísimo proyecto que emergió de un año de secundaria y espero les sirva:
Proyecto pedagógico: ejecución.
Lectura y Escritura como prácticas sociales/culturales.
• Charlas de escritores platenses en el aula: la intervención de escritores de la ciudad de La Plata, cuyos textos han sido leídos y trabajados en el aula, es fundamental para comprender la actividad lectora y de escritura como prácticas culturales en toda sociedad que se interesa por fomentar desde la educación, tanto formal como no-formal, es espíritu crítico y autónomo de todo ciudadano de bien. Esta interacción de los escritores Graciela Falbo y Roberto Moscoloni con los alumnos, serán parte del Proyecto que se llevará a cabo con 1ro B, cuyo interés por las rondas de lectura dentro del aula han sido de gran importancia en el desarrollo de la materia.
• Desarrollo de preguntas de los alumnos a los escritores invitados: teniendo en cuenta los trabajos realizados de lectura y escritura dentro del aula durante el año, los alumnos podrán elaborar preguntas vinculadas al oficio de escritor y sus implicancias en el mundo actual. Las ficciones que los jóvenes leen en la cultura de hoy, están atravesadas por infinidad de significados que ellos construyen a partir de la puesta en común en el aula y fuera de ella. La realidad que los circunda, forma parte de esa construcción simbólica que sirve de materia prima para crear sus propias ficciones. La escritura de sus textos de ficción como formas narrativas y la práctica de estas escrituras, hace posible que puedan elaborar sus preguntas a los escritores desde un lugar de experiencia personal en diálogo con el otro.
• Ciclo de debate en el aula sobre el oficio del escritor. Abrir el debate sobre el oficio de escritor, implica compromiso con el hacer en una sociedad que se interesa por participar en las actividades culturales, más allá de lo partidario. El escritor es un ser político que reconoce una realidad social y en su narrativa (ficción o no-ficción) manifiesta parte de esa realidad en vínculo directo con los deseos y sus simbologías.
Por Analía Rodriguez BOrrego
Texto fundacional
“No habría creatividad sin la curiosidad que nos mueve y que nos pone pacientemente impacientes ante el mundo que no hicimos, al que acrecentamos con algo que hacemos”. Paulo Freire.
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