martes, 1 de agosto de 2017

Respirar profundo y seguir dudando.


“Estoy aburrida profe”, me dice Nadia mientras me mira por encima de la lapicera Bic azul que se lleva a la boca. ¿Terminaste las tres preguntas Nadia?, le digo sorprendida de una velocidad que sospecho imposible. Respiro profundo y pienso qué mecanismo utiliza ella, con sus trece años, para sentirse aburrida con el desarrollo de un trabajo que no le lleva más de tres renglones de escritura.

- ¿Le pasa algo profe?- me dice con voz preocupada ante mi silencio en plena respiración yóguica.
- No Nadia, no me pasa nada. La primera pregunta te pide que expliques la respuesta que hayas respondido, ¿la explicaste?.
- ¿Cómo explicar? No entiendo profe.
- Si respondiste que para patinar es necesario ponerse un par de patines, explicarlo quiere decir que tenés que contar cómo se ejecuta ese patinar con el cuerpo.
- ¿Y cómo lo explico? No entiendo.
- Lo contás Nadia, como si contaras un cuento, paso por paso qué partes del cuerpo se mueven, cómo te inclinás para no caerte, qué ves mientras patinas, de qué color son las paredes del club cuando tomás velocidad. Como si contaras un cuento…
- ¡Ah! Como un cuento sí, ya sé como es entonces.


Nadia no duda cuando le pido que escriba con la escritura y la lógica de un cuento. No comprende (cree que no comprende) el término “explicar” porque tal vez no sepa ni haya realizado nunca el ejercicio de explicar una práctica como un deporte. Tal vez, pienso, lo ha hecho de un texto conceptual o teórico. Pero ¿cómo explicar lo que sucede cuando hacemos algo que tenemos naturalizado y que es parte de nuestro mundo invisible? Ella no sabía que sabía explicar y, la lógica del cuento tal como la estudian en la escuela, es funcional a la historia como texto sin tejerse, sin búsqueda de sentido, como una serie de signos que se hilvanan en un mecanismo autómata. Aún así, ella sabía esa estructura claramente, solo que no tenía conciencia de que esa estructura podría colaborar a construir otro texto nuevo a partir de su cuerpo, a partir de un mapa que se extiende y teje estrategias de comprensión y nuevos sentidos.


Nadia me enseñó hoy ( a pesar de los gritos que tuve que dar para que me escucharan una mínima explicación que intuía les serviría a todos), que la narración es lenguaje vivo y nos provee de una enorme cantidad de voces que nos habitan y quedan atrapadas en algún lugar de nuestro cuerpo.
Hay escenas en las que es posible que ese lenguaje narrado, emerja y alguien como yo, respire hondo ante un “estoy aburrida/o” de un alumno, para sumergirme en mi propio mar de dudas.

De la escuela, del aula, nunca se sale con demasiadas certezas.

Analía Rodríguez Borrego

2 comentarios:

  1. Pienso al cuento como un modo de ejercer la posibilidad de un cuerpo en un tiempo y en un espacio. El "hecho", como plantea Wallace Steven, como lo que puede un cuerpo. Ejercer la docencia es parte de una narración y esa narración inserta en su trama todos los cuerpos que son hechos y que son palabras en el mismo relato: el relato en el que todos nos damos la posibilidad de narrados a nosotros y a los demás.

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  2. Sí Sergio, una manifestación de lo material que atraviesa los cuerpos. Recuerdo que mi profesor de butoh nos invitó a bailar nuestro dolor...fue narrarnos a nosotros mismos en el texto de nuestro cuerpo.

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