Camino a la construcción lectora.
“(…) no creo que comprendiera las palabras, pero sentí que algo me sucedía. Y no sólo afectaba a mi inteligencia sino a todo mi ser, a mi carne y a mi sangre”. Jorge Luis Borges
En la cita que da inicio a este texto, Borges hablaba de la poesía (“El enigma de la poesía”), recordando a su padre leerle en voz alta. Una experiencia que hacía por momentos incomprensible la totalidad de las palabras, pero cuya significación quedaba grabada en algún lugar del pensamiento, en algún recodo del cuerpo. Así la lectura es una experiencia que abre puertas a un universo desconocido, pero que a la vez nos encuentra siendo en un lugar interno que descubrimos con lentitud en el transcurso del tiempo. Leemos como acto inaugural del mundo que descubrimos. Comenzamos a crearlo y representarlo mediante el lenguaje que armamos como rompecabezas de la existencia, concientes e inconcientemente. Nos sorprende la palabra, la voz, el gesto, la imagen, nos sentimos parte y no parte a la vez, mientras se traducen en infinidad de símbolos y signos, el universo delante nuestro.
Somos y pertenecemos en tanto recuperamos memoria, recordamos y transitamos el desorden en el que andamos. La lectura como experiencia poética, podría manifestarse como acto de creación, en tanto “crear no es otra cosa que traducir los caracteres de ese libro interior y preexistente a un lenguaje exterior que lo exprese” . En ese libro podrían desarmarse y volverse a armar, los recuerdos de vivencias significativas, el traducir del mundo que nos circunda y se transforma en el tiempo y con el tiempo, los entramados de historias que nos permiten pensar y pensarnos de diversas formas. El lenguaje ha ingresado en nosotros y se ha hecho carne como lo hace la poesía con la combinación de signos que desmembran ese mismo lenguaje en construcción. En el leer que Larrosa entiende como traducción, el lenguaje mismo en movimiento dice, “ya es traducción”.
En la experiencia lectora nos encontramos con aquellos mediadores que facilitan la creación de nuevas miradas del mundo. Es allí donde es posible “llevar el texto hacia nosotros” y apropiarnos del mismo, o movernos hacia él y des-apropiarnos, en palabras de Larrosa, para “dejar vulnerable nuestra identidad”. Es allí tal vez, donde se produzca la decepción de la que habla Bárcena Orbe, esa decepción que transita en nosotros como sensación, mientras nos encuentra desestabilizándonos y provocando quiebres en las estructuras del pensamiento. Hay alguien que nos ayuda a pensar, que moviliza nuestra interioridad, que nos muestra el vínculo que establece con el saber. En ese mostrar, nos deja aprender con la libertad de quien busca a partir de la profundización de su conocimiento y del conocimiento del mundo. “Aprender como relación” explica Bárcena Orbe, es dar a conocer ese vínculo entre el maestro y lo que sabe, teniendo en cuenta “que quien enseña, emite pistas, signos, que dan a pensar al aprendiz. Son signos que dan a pensar y que configuran el espacio abierto en el que libremente el aprendiz se mueve y decide por sí mismo lo que hay que aprender” . Entonces, aprender podría decirse que es un re-crear de lo que el maestro ha recibido como memoria de sentido para ser transmitido a otros, para ser dado a conocer y permitir de esta manera reconstruirlo, modificarlo, recrearlo en libertad y como acontecimiento ético, en tanto experiencia que nos hace responsables como habitantes de una ciudad, como ciudadanos que descubrimos las diversas tramas de un acontecimiento, de una situación que otros han vivido, “de un encuentro con otro que no soy yo” .
Así, la enseñanza, la intervención de los mediadores, implica un acercamiento que da tiempo al otro, que permite que dialogue con sí mismo y con el mundo, que acompaña y establece un nuevo vínculo. El tacto educativo que Bárcena Orbe traduce en un decir “acariciando”, en un mostrar sin tiempo que ayuda a descubrir-se, a conocer-se, a explorar-se en conexión con esa otredad que surge de la experiencia de leer y de leer-se en el Otro. Un acto de amor, un acto humanizante, de hospitalidad, de generosidad. Y la lectura que comienza siendo una experiencia llena de misterio en la mirada y en la observación de ese otro que lee, se convierte en la propia forma de existencia que es posible descubrir en la Literatura: una nueva forma de mirar el mundo, de explorar, de pensar, de sentir-nos. La experiencia lectora nos obliga a ir hacia el recuerdo para reconstruir nuestra imagen e identidad, nuestra relación con las palabras, con las cosas, “para investigar sobre los enigmas del amor o del poder, aclarar aspectos de sí mismos que los inquietan” .
La escritura y la lectura forman parte del mismo acto de conocimiento del Otro, de uno mismo y de uno en relación con el todo. M. Petit cita a Proust en un texto en el que habla del trabajo del artista en tanto escritor, en tanto lector que encuentra en la lectura la posibilidad de volar y abrir puertas, en tanto “levantar el velo de miseria y de insignificancia que nos deja indiferentes ante el universo”.
Aprender a observar es aprender a ver, como en el cuento de Eduardo Galeano, en que el niño le pide a su padre, mientras observa la inmensidad del mar, que le ayude a mirar. Ante la inmensidad se corren los velos y es posible quedar decepcionados, descentrados, desestabilizados, con miedo, aterrados de conocer lo nuevo que somos y que vemos en ese Otro que nos refleja. Leer es atravesar ese miedo, “el casos que reina en el prójimo”, y escribir sería entonces un acto de resistencia a ese miedo, “un acto de protesta, hasta de rebelión en contra de ese miedo” .
Por Analía Rodríguez Borrego
En este blog convergen pensamientos, reflexiones y experiencias en diferentes ámbitos educativos, que derivan de la actividad docente, en articulación con la teoría y el mundo de los textos. El trabajo de campo implica revisar permanentemente la práctica docente/profesional como lugar de reflexión y construcción del conocimiento. Aquí, vamos...
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